¿Pintamos siempre el mismo cuadro? El arte de la repetición

Publicado el 30 de agosto de 2026, 14:14

—El pintor siempre pinta el mismo cuadro, el escritor siempre escribe el mismo libro…

Mi mujer, que es licenciada en Historia del Arte, me dice a veces que siempre pinto lo mismo, que debería cambiar. Y seguramente lleva razón. Al repasar mis trabajos del año 2021, encuentro tres visiones de un mismo paisaje recurrente: “Gualda”, “Manto” y “Trama vegetal”, tres obras abstractas, con texturas al acrílico, inspiradas en las viñas de los campos de Toledo.

Al colocarlas juntas, descubro que, aunque cambie la materia o el enfoque, la obsesión subyacente y la esencia del territorio permanecen intactas.

El misterio del urogallo de Wallander

Esta constante en mi taller me recuerda inevitablemente al padre del inspector Kurt Wallander, el famoso personaje de las novelas de Henning Mankell. En la saga, el padre es un anciano pintor cuyo único motivo recurrente es un paisaje rural con un árbol al fondo. Su única variación permitida es decidir si lo pinta con urogallo o sin urogallo.

Ese cuadro, repetido miles de veces, funciona como una metáfora de la rigidez mental, pero también de la melancolía. Para Kurt, ver a su padre aferrarse a esa misma escena es motivo de frustración, hasta que comprende que es la forma que tiene el anciano de mantener a raya el caos, el paso del tiempo y los estragos del Alzheimer. En La Pirámide, Mankell lo describe así:

"El padre se encerró en un silencio manifiestamente hostil y volvió a ocupar su silla ante el caballete dispuesto a, siguiendo un modelo, dar forma a uno de sus urogallos. En efecto, siempre elegía el mismo motivo para sus cuadros: un paisaje que representaba un bosque cuya única variación consistía en la presencia o la ausencia de un urogallo.”

Fábricas de imágenes: Las "plantillas" de los grandes maestros

Pero, ¿es esto un defecto? ¿Realmente los grandes maestros inventaban algo nuevo cada día? La respuesta es un no rotundo, tanto desde una perspectiva psicológica como técnica e histórica.

Grandes autores como Gabriel García Márquez o Jorge Luis Borges coincidían en que un escritor solo tiene dos o tres obsesiones que repite de diferentes formas. En las artes visuales ocurre lo mismo: perseguimos incansablemente un estilo, un tema o una luz particular.

La idea del genio que inventa algo completamente rupturista en cada obra es un concepto moderno del Romanticismo del siglo XIX. Para los talleres del Renacimiento y del Barroco, el arte era un oficio de repetición, maestría y eficiencia comercial. Los talleres de Velázquez o Murillo funcionaban como verdaderas fábricas de imágenes para responder a la alta demanda de la Iglesia y la nobleza mediante dos métodos:

  • El Estarcido (Pouncing): Perforaban los contornos de un dibujo con agujas, colocaban el papel sobre el nuevo lienzo y sacudían polvo de carbón encima. Los puntos negros resultantes servían de guía exacta para pintar la misma Virgen una y otra vez.
  • Modelos fijos y ayudantes: El maestro pintaba las partes complejas (rostros y manos), mientras los ayudantes rellenaban fondos, ropajes o cielos siguiendo las pautas fijadas.

     

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